Por: Juan Carlos Jiménez Abarca
En otra ocasión había escrito que Rodrigo Treviño es un pintor de superficies íntimas, de momentos personalísimos que pertenecen a quien protagonice la proximidad con una de sus piezas. Por su adhesión al pequeño formato tiende a producir un evento individual, busca tocar mirada por mirada, una a una, sin prisas. Aún cuando las referencias sean sonoras –el beso gitano de Deep Purple, por ejemplo– las imágenes claman un silencio para que la pintura haga su trabajo.
La práctica artística de Treviño se mueve entre la cinematografía y las redes sociales, entre la pintura y la consulta random de imágenes publicitarias, el ensayo de la figura humana, la figuración del meme y los rostros polifacéticos, la exploración de la vida y el retrato de la muerte. Acudimos a descubrir la diversidad mezclada y re-mezclada, con una atmósfera de intriga.





Una parte de esta selección proviene de su serie reciente sobre polarizadores –él le llama abejamiento–. En sus imágenes, por supuesto que acude a la relación entre la polinización y el deseo, pero también a otros niveles simbólicos menos predecibles, más ominosos: el zumbido como confusión, la miel como sustancia suntuaria, freno puesto a la reproducción. Incluso el traje de apicultura tiene esta quietud sombría de quien atestigua una catástrofe. En efecto, las abejas forman parte de un complejo bio-cultural que sostiene buena parte de la vida como la conocemos. Se encuentran en peligro. Rodrigo conoce el campo y comprende aspectos importantes de ese entramado; pinta desde la alarma, atrayéndonos hacia la apreciación de lo pequeño, algo que zumba, pero que nos conecta con algo mucho más grande.
Las cualidades narrativas de estas piezas se potencian al acompañarse de otras que declaradamente expresan sus filiaciones literarias, pero en actitud de rebeldía: Alicia ignora al espejo y el País de las Maravillas se aprecia con ironía. Kronos aparece aquí como el Padre Tiempo, un sabio o un ermitaño, propio de literaturas que apreciaban el naturalismo, los árboles locales y los animales con sus múltiples personalidades. Las temporalidades en la obra de Treviño oscilan entre el siglo XIX y el XXI. Se alimenta de los paisajistas de la Antigua Academia de San Carlos lo mismo que de las últimas películas de Wes Anderson. Un pequeño Van Gogh abre sus ojos sospechosamente, forma parte de un cuerpo de obra que revela sus tensiones: llevar el arte siempre más allá, pero permanecer en la pintura.









Esta imaginación pictórica ya no cabe en la superficie bidimensional y se extiende hacia los marcos, creando un binomio inseparable entre dos elementos que han sido mutua e históricamente accesorios entre sí: el bastidor y el frame. Rodrigo enfatiza la condición material y objetual de la pintura, recordándonos que estas no son solo imágenes, sino presencias que enriquecen intimidades silenciosas.
Intimidades silenciosas fue un texto para exposición de obra de Rodrigo Treviño en el Club de Golf Tres Marías. Morelia, Michoacán. 2023.
«Entrevistado en el MACOL al lado de las réplicas de las Tres Carabelas, el artista cercano a los 46 años de edad –“ya no estoy tan joven”-, señala que abandonó los estudios formales de bachillerato para ingresar a una preparatoria abierta donde conoció a Alfredo Zalce, con quien llevó un taller, estancia que le redituó una gran satisfacción: lograr su primera exposición cuando andaba en los 19 años de edad. Y no solo eso, de esa primera exposición fue seleccionado para participar en la Bienal Alfredo Zalce en 1997.»

