Todo ocurre lentamente, como en aquellas performas de Lukas Avendaño en las cuales, ataviado con la riqueza tehuana —vestido en muxeidad— baila con los hombres presentes del lugar, moviendo pies y brazos en una danza suave e infraleve, de minúsculos gestos y parsimoniosos giros, que exhiben la limpidez de la piel descubierta de Lukas, su franca sonrisa, y la poderosa seducción de un baile que es al mismo tiempo rito de presentación y coqueteo.

Foto: Colectivo Transdisciplinario de Investigaciones Críticas
El trabajo de iluminación es portentoso y junto con el diseño sonoro, ante la lentitud de los movimientos, aporta la fortaleza que a los ojos del público puede pasar desapercibida. La luz dibuja una franja seccionada y secuenciada que los 14 ejecutantes, quienes permanecen desnudos casi la totalidad de la función, recorren desde el extremo derecho del escenario, en fila, uno tras otro, girando en batería sobre el suelo. En un punto del recorrido, algunos permanecen boca abajo y los demás les pasan por encima, girando, cuerpo sobre cuerpo, una intimidad elemental que ocurre en público y que ha requerido, seguramente, un proceso de empatía y confianza entre intérpretes.
Este despliegue de cuerpos modulares que van desdoblando el espacio, para después extenderse a todo el ancho del proscenio, comienza después a fragmentarse, otra vez lentamente, hacia la profundidad del escenario que descubre su atmósfera azul, generando un contraste cromático con los diferentes tonos de piel. A pesar de sus diferencias, se unifican en lo que parece una línea monocroma de cuerpos que exhiben con todo detalle sus brazos, piernas y culos. Sus tatuajes.

Aquí inicia una segunda etapa. Quedaron al descubierto tres bastidores de grandes dimensiones que sostienen una trama de cuerdas oscuras y un arreglo luminoso de círculos claros. En un punto, todos estos cuerpos masculinos se lanzan a algo que es muy familiar para los hombres todos: competir. Todos tienen su turno, intentan unos tras otros escalar y ascender, asirse a las cuerdas para pasar al lado opuesto de este panel penetrable. Pero de los 14 solo cuatro logran pasar, mientras los demás, uno a uno, descienden, sucumben cayendo al suelo y giran hacia el centro del escenario, donde una luz hace palidecer su piel.
Un canto emerge individual hasta conformarse un coro de voces gruesas que, si mis sentidos no me engañan, engarzan una breve canción en zapoteco. El bastidor del techo ha bajado lentamente durante el acto y ha llegado a manos de estos hombres, lo mecen suavemente —la imagen producida me recordó las fábricas tradicionales de papel donde un conjunto de trabajadores sumergen grandes bastidores con malla para recoger pulpa en grandes tinas, y así producir hojas de papel enormes—. El canto poco a poco se acalla y los cuatro triunfadores de la competencia se sumergen bajo el bastidor, quedando confinados contra el suelo.

Me parece que aquí inició la parte ritual más intensa y no hizo más que crecer hasta el final del montaje. Los hombres que flanqueaban el bastidor comenzaron una marcha firme y enérgica sobre éste, dando pasos fuertes al ritmo de una respiración agitada, gritada, con alientos de violencia. Evitan con sus piernas las cuerdas de la trama y los cuerpos de sus compañeros en el suelo —ahora la imagen me llevó a los juegos de destreza o entrenamientos deportivos y militares, que consisten en avanzar sin tocar cuerdas que limitan el movimiento, a menos que se levanten las rodillas para brincar avanzando; ejercicios en los que se motiva con gritos, se alienta a probar los límites del cuerpo—.
Después, una escena aérea, que propuso una transición de salida ante esta fuerza opresora que ha dominado la segunda etapa. La energía y la ligereza comienzan a formar parte de la representación, conectando a cuatro cuerpos bajo el bastidor con arneses que han descendido sobre ellos y ahora les elevan. Por un momento comienzo a sospechar que desaparecerán todos por el techo, pero quienes han ascendido bajan de nuevo a donde están los demás y se forman cuatro grupos que juegan entre la suspensión y el contacto, mientras el diseño sonoro alterna entre respiraciones y tonos que gimen y aúllan. Existe aquí una dimensión erótica particular que no me es dado a descifrar. Sé que está ahí porque la sentí, pero sin poder asirla para escribirla aquí, junto con todas impresiones.
Una sombra se proyecta en el fondo, gigante. Su configuración es distinta a la de estos esbeltos cuerpos que han demostrado durante un tiempo sostenido sus competencias y capacidades en lentas secuencias. Pero aún no es momento de toda su presencia. Sin saber bien en qué momento han entrado por los oídos, una tambora y una chirimía anuncian el frenesí que viene. Justo cuando los hombres desnudos han cubierto su rostro con máscaras y largos cabellos, también se han colocado un calzoncillo que ahora facilita la agitación y el desfogue.
Es el tiempo de los saltos y el grito, el momento de los giros y las caídas, del llamado a la acción. Los instrumentos han acelerado los latidos del corazón y ahora se baila a tambor batiente, como en las batallas, como en los ceremoniales iniciáticos, tribales. Se corre en círculos y por grupos en el escenario, las rodillas son apoyos, las manos unos flagelos que se agitan como los largos cabellos por el aire, mientras se gira enérgicamente con un solo pie, como una meditación dinámica, un trance ex-céntrico.
Y de pronto, en medio de toda esta escena, se ha plantado en el centro alguien diferente. Su máscara es semejante, pero su cuerpo se destaca. Más voluminoso que cualquiera, el vientre y el pecho se abultan al frente, mientras las piernas fuertes sostienen toda esta presencia. Se mueve lentamente mientras otros giran y saltan a su alrededor. Ahora rige el espacio visible, se posa frente al público y abre sus manos, los extiende al cielo y a los extremos. Es una figura de poder, una presencia dominante. No importa si es hombre o mujer —no se logra la distinción, así como los cuerpos en un inicio han homologado sus estaturas y tonos de piel, ahora con sus máscaras y movimientos estos seres han formado un conjunto indistinto entre sexos y procedencias— su aparición pareciera inaugurar un nuevo episodio en esta coreografía pero, de hecho, anuncia su fin.

Todo el tiempo me ha parecido encontrar en los círculos del fondo un patrón. En su distribución y tamaños he adivinado un rostro, una posible calavera, un cráneo que nos ha visto de frente hace tiempo. Pero ahora leyendo el programa de la función, entiendo es Coatlicue, una abstracción de su cara, que es a la vez dos cabezas en realidad. Una imagen formada en la convergencia de dos perfiles de serptiente, cada fragmento luminoso parece un rasgo de la diosa mexica. Ha sido el hado tutelar de este ceremonial que termina con fuerza.
Las diosas, sus imágenes antiguas, son representaciones que resultan de la suma de sus atributos. Brazos, piernas y vientres no son brazos, piernas y vientres, sino atributos de valor que dan a ese cuerpo su composición mítica y fuera de toda realidad a nuestro alcance —salvo por el lenguaje—. Por eso me parece fundamental este cuerpo que emerge mas quieto y distinto al cierre, en medio de diablos enmascarados que gritan, se agitan por el aire y ruedan por el suelo hasta quedar exhaustos. Aquí ya es todo atributo y simbolismo, una dimensión de trascendencia aplicada a los conceptos que Lemniskata ha propuesto abordar: la identidad, el género, la naturaleza que nos habita, “la tierra que nos da de comer, la tierra que nos comerá”.
Lemniskata es una producción de Moves en coproducción nacional con el Conjunto Santander de Artes Escénicas y Cultura UDG; y en coproducción internacional con Kampnagel de Hamburgo, Alemania
Elenco: Natalia Martínez Mejía, Abdiel Villaseñor, Edgar Pol, Víctor Villasana, Leo Vara, Emmanuelle Sanders, Omar Santiesteban, Oswaldo (Wacho) Gómez, Ramón García, Hazael Sánchez Rangel, Víctor Hugo Loaiza, Víctor Gil Méndez, César López, Milton Uriel Onofre Vázquez y Erick Dachill.
Coreografía y Dirección Escénica: Lukas Avendaño
Ensayadora: Rosario Ordoñez
Dramaturgistas: Barbara Muñoz de Cote e Ismael Rodríguez
Escenografía: Fernando Feres
Iluminación: Enrique Morales “Chester”
Música Original: Tecuexe Band
Composición: Javier López López y Diego Martínez Guillén
Diseño y Creación de Máscaras: Jesús Ramírez
Vestuario: Carolina Jiménez
Fotógrafía: Alejandra Leyva y Jaime Martín
Ilustración: Julio María
Músicos invitados: Abel Jarero, Juan Jarero y Miguel Jarero (Chirimía Cruz Blanca de Tonalá)
Entrenamiento Vocal: Paola Rimada Díz


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