Teoría de la bella relatividad, de Rodrigo Treviño [re-versión]

En el arte —y de forma particular en la pintura— el tamaño importa y mucho. Cambia la perspectiva de las cosas: el reto técnico de manejo de superficies, la estimación de materiales a usar, el peso, las alturas, su condición fija o transportable. La intimidad contra la publicidad de una obra: momento decisivo cuando se declara terminada.

Rodrigo Treviño es un pintor de superficies mas bien íntimas, de momentos personalísimos que pertenecen a quien protagonice la proximidad con una de sus piezas. Este es el carácter principal de la pintura de pequeño formato (abundante en Teoría de la Bella Relatividad): producir un evento individual, tocar mirada por mirada, una a una sin agolparse -no se vale- ni apretujarse en la ventana, que es el marco, de cada obra expuesta.

Relativizar la belleza —¿estetizar la relatividad?— a cambio de aspirar a aprehenderla y encontrarla de una vez por todas, ofrece las potencias del ánimo experimental: ensayar lo multiforme de las armonías, diversificar la configuración de los rostros ideales, deslindar la vida y la muerte de la inspiración intelectual, sensibilizar los sinsentidos —en un solo medio plástico— ante imágenes que, con sus semejanzas, se perciben distintas. Sucede así con los desnudos de mujeres que se ofrecen, por un lado, eróticos en revistas de caballeros; y etnográficos, por el otro, en revistas sobre culturas del mundo. Culture club, ese díptico de mujeres descubiertas, miradas y mirando a su vez, condensa una reflexión siempre interesante porque interroga la mirada sobre la pintura y su carácter de representación.

En esta exposición, Rotre despliega un repertorio de pinturas que involucra referencias personales y públicas. En un primer grupo, retratos de su esposa y amistades, conocidos, personas que admira. Algunas de estas obras son consideradas —¿concebidas?— como regalos no entregados… aún.

En el segundo grupo, el perfil de nuestro tiempo se compone por todos esos puntos y señas que reconocemos a nuestro alrededor. Habitan esta sala Thom Yorke, Van Gogh, Frida Kahlo (en la interpretación de Salma Hayek) y el primer chimpancé astronauta. Grumpy Cat remata con gracia los divertimentos del artista.

Entonces: entre la cinematografía y las redes sociales, entre la pintura y la consulta random de imágenes publicitarias, el ensayo de la figura humana, la figuración del meme y los rostros polifacéticos, la exploración de la vida y el retrato de la muerte (como la vánitas de tradición pictórica). Entre todo esto acudimos, con ánimo de intriga, a descubrir mezclada la diversidad de las cosas bellas.

En un tiempo en que incluso el concepto de ‘relatividad’ se somete a debate ¿por qué pedir a la pintura que siga defendiendo los valores que ella misma ha aprendido a renunciar? ¿No es esta diversidad de la belleza, a veces resultado del encuentro con su contrario y su contiguo, la que nos hace diversos a nosotres?


Esta es una re-versión del texto original, a 5 años de la exposición.

Rodrigo Treviño prepara, para octubre 2022, una nueva muestra con obra reciente en un conocido Centro Cultural en la capital de Michoacán.

Actualmente promueve una rifa-crowdfunding para financiar este proyecto.

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