
Impresión fotográfica digital sobre papel de algodón. 111 x 170 cm
Los aromas nos sobreviven un tiempo. Después se desvanecen, junto con el pesar de la muerte reciente. Esté limpia o usada, la ropa conserva el aroma a persona, a una persona en particular. El tipo de jabón, la presencia o no de suavizante y otros aditivos, la alcalinidad del agua, la persistencia y acidez del sudor, los humores del cuerpo, la vejez de la tela. Todo aporta a la construcción de una presencia que se vuelve paradójica cuando ya no encontramos el cuerpo que usaba estas prendas.
He leído en varios sitios, escrituras y tiempos que el olfato es, de todos los sentidos, el más conectado a la memoria, a la evocación del recuerdo. Es un detonante poderosísimo. Hay gente inolvidable precisamente por motivos de la nariz. En esta imagen, una mujer está bañada en una presencia aromática, en sus brazos se despliegan mangas, cuellos y cinturas textiles de un rojo intenso, vivo, tan vivo como si pudiera revivirse a alguien a punta de color. Rojo ropa, rojo sangre, rojo vida, rojo palpitante.
El gesto íntimo de abismarse en la ropa se debate entre el consuelo y el anhelo, la mirada se dirige a la entrada de la luz en la habitación. Mira fuera, como si la vida de la madre perdida hubiera salido apenas por la puerta, dejando atrás no solo su ropa sino esas otras formas que son los vestigios de la vida: una zapatera en la pared, los bolsos, los crucifijos, las almohadas, la cama bien hecha.
Estén tus ojos abiertos (2015) de Claudia López Terroso es una serie de dibujos, instalaciones murales y fotografías que evocan a la madre de la artista, quien se dedicaba desde muy joven a atender y curar personas con los saberes aprendidos de su pueblo (Zanatepec, Oaxaca). Estos saberes de curandería los transmitió a sus hijas, quienes se reunieron a realizar acciones en los espacios personales de su madre, especialmente en el cuarto dedicado a las curaciones. El fin: curar, atender, depurar (como las labores que ella realizaba en vida) el encuentro con los objetos que les legó. En el sitio donde la maravilla sucedía.
“La fijación de estas imágenes no hace otra cosa que señalar lo que éstas no pueden mostrar realmente: esos momentos efímeros de profunda activación de la memoria detonados por el contacto directo con las superficies y las materias compartidas por ambas pieles.” Estas líneas de Carmen Cebreros Urzaiz (2017) aluden a la presencia fantasmal de lo que hay en la imagen, pero que no se ve. La leve oscuridad del fondo de la habitación contrasta con la luminosidad intensa —y la humedad— de la mirada que vive su encuentro silencioso y quieto. No es un viaje fuera del cuarto lo que describe la trayectoria de los ojos, es un tránsito fuera de sí misma, a otro tiempo, a otra persona, otro cuerpo. El recuerdo emerge iluminado en medio de la penumbra memorial.
Esta fotografía se inserta en la larga y honorable tradición de la luz como narradora: desde el claroscuro pictórico europeo (Caravaggio, de Coster, Rembrandt, Geroges de La Tour) hasta la cinematografía noir y más acá, esta luz ilumina más allá del cuerpo de la mujer y las ropas que sostiene. Es una revelación psicológica, una irradiación de vida, un manto curativo que emana de una madre hacia su hija, envolviéndola, haciéndola una más de sus prendas de vida.
Este texto forma parte de los ejercicios producidos en el Laboratorio de Escritura Frente a las imágenes ¿qué pueden las palabras? que imparte Agnes Merat (Centro de la Imagen)
Aunque esta escritura implica un poco de investigación, el foco está puesto en la imagen. Escribir estando solo en la imagen. Por eso no incorporé al texto que la autora es la mujer en la habitación.

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